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6 Agosto 2007

EL ACANTILADO

Un hombre joven. Roto. Un acantilado. Vertiginoso. Un mar. Enfurecido. Un cielo. Negro. Presagio de que no se va a celebrar ninguna boda. El hombre roto observa el romper de las olas contra las eternas rocas y siente un extraño escalofrío; extraño porque su alma está ya muerta. Da un paso hacia delante…

- Cuidado, podría caerse – le dice una dulce voz de niña. El hombre, sobresaltado, retrocede un metro y busca con la mirada a la niña que tiene pegada a su culo. Es rubia. Lleva uniforme escolar y una pequeña cartera a cuestas. Tiene la cara de un ángel.

- ¿Qué… qué demonios haces aquí, niña? – pregunta estúpidamente y sin ningún tipo de originalidad.

- Me gusta pasear por el acantilado cuando salgo de la escuela. Así puedo dibujar el mar. Pero hoy el mar está enfadado... Vivo cerca de aquí, en el pueblo. ¿Puede llevarme de regreso a mi casa? He visto que ha llegado usted en auto. Y parece que va a llover.

Un relámpago ilumina el cielo y un trueno hace temblar el mundo. Las primeras gotas caen sobre el hombre roto y la niña rubia. Sus siluetas se recortan en el borde del acantilado. Una pena que todos los pintores del romanticismo estén muertos...

- ¿Me lleva a casa? – insiste la niña. El hombre roto la acompaña hasta su coche y la sienta en la sillita que tiene en el asiento trasero. La cara del hombre roto, color cera, es el vivo retrato del dolor.

- ¿Tiene un hijo? – pregunta la niña rubia. El hombre roto se muerde el labio hasta sangrar, tiembla, y una lágrima se escapa de su ojo derecho. Le duele seguir estando vivo.

- Tenía una hija… pero murió la semana pasada – contesta con un hilo de voz. El hombre roto rompe a llorar mientras se pone al volante. La niña rubia guarda silencio. Ese silencio sepulcral del camino de regreso, esos tres minutos de nada absoluta, se rompen cuando la niña le dice al hombre roto que llora:

- Vivo allí, en la casa de la esquina. Muchas gracias por traerme… y no se preocupe señor, yo jugaré con ella.

El hombre roto, al oir eso, se gira bruscamente pero la niña ha desaparecido. Asustado, detiene el coche en medio de la tormenta y baja para dar crédito a sus ojos. El cielo llora desconsoladamente y el hombre roto queda empapado en milísegundos. La niña ha desaparecido. Otro relampago. No ha sido un sueño. Otro trueno. La niña ha desaparecido. Lo constatan las decenas de carteles mojados con la foto de la ñina rubia que le rodean, que hay por todo el maldito pueblo: Se busca a María, la hija del Alguacil. La última vez que alguien la vió estaba dibujando cerca del acantilado…

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No recuerdo haber mostrado en toda mi dulce y tierna infancia, el más mínimo interés ni por la lectura ni por la escritura. Es más, evoco con melancolía y cierta desesperación aquellos terribles lunes en los que nuestra querida profesora de Lengua se empeñaba en saber qué demonios habíamos estado haciendo todo el fin de semana, sometiéndonos a una terrible extorsión lingüística por escrito, también conocida, en círculos docentes bien documentados, como redacción. Si en mi etapa escolar leí algún libro, fue siempre por obligación. No recuerdo ningún título en particular; tal vez “Platero y yo”, pero soy incapaz de argumentar de qué iba, salvo que había un niño y un burro enzarzados en una extraña relación. Esta carencia de evocaciones escritas en mis primeros años de vida, demostró clínicamente que la formación de mi masa encefálica fue un proceso lento pero constante, afectado negativamente por la ingesta de bocadillos de mantequilla y sobrasada que hubieran podido lubricar centenares de culos.

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